Jorge Bucay, el camino de la espiritualidad, PDF

Casi todos, en algún momento de nuestra vida, hemos transitado un período de confusión en todo lo relacionado con lo espiritual; potenciado por el caos comunicativo, que significa ponerse a hablar de aquello que para algunos es un enigma; para otros una religión o una filosofía, y para otros incluso una especie de ciencia oculta.

Las nuevas tecnologías, sumadas al obligado cuestionamiento de todos los viejos paradigmas; nos ponen y pondrán a nuestros hijos ante hechos que ni siquiera se hubieran podido imaginar hace treinta o cuarenta años.

No es un tema menor recordar que esta generación es la que vio, efectivamente, por primera vez, la imagen de la Tierra desde el espacio. Un planeta pequeño, casi insignificante considerando el entorno universal, y en el que anida «la casa» de todas las formas de vida que conocemos. Un mundo que desde fuera parece uno solo, aunque desde adentro el hombre se empeñe en dividirlo en partecitas cada vez más pequeñas.

En los últimos años, se propone aquí y allá una espiritualidad que no sea patrimonio de algunos elegidos, sino transitable por todos. Una nueva dimensión de lo humano, que nos ponga en el camino de terminar con el caos del miedo; de la violencia y de la explotación del hombre por el hombre.

El cuerpo es, obviamente y como mínimo, un componente indispensable de nuestra vida terrenal; pero es además, según el concepto clásico, desde el primer aliento y hasta el último, la morada del alma. No es difícil concluir entonces, que el cuerpo es igualmente indispensable para la exploración del plano espiritual.

Como sucede en cualquier recorrido por terrenos desconocidos, el camino es más fácil si lo emprendemos con un cuerpo sano y fuerte; y para ello es imprescindible aprender a tratarlo con respeto, cuidado y madurez.

Para muchas religiones, el cuerpo no sólo es un espacio sagrado, sino que además encarna el elemento central de la unión del hombre con Dios. Dicho de otra forma, el cuerpo es una propiedad de lo divino; dejada a nuestro cargo para que la cuidemos, y consigamos que nos acompañe toda la vida.

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