Fuego extraño, John MacArthur, PDF

El Espíritu Santo, el tercer miembro de la gloriosa Trinidad, no es menos Dios que el Padre o el Hijo. Por lo tanto, deshonrar al Espíritu significa deshonrar a Dios mismo. Abusar del nombre del Espíritu es usar el nombre de Dios en vano. Afirmar que él es quien le da poder a una adoración soberbia, caprichosa y no conforme a la Biblia es tratar a Dios con desprecio.

El verdadero Espíritu de Dios no causa que su pueblo ladre como perros o ría como hienas. Él no los lanza de espaldas al suelo en un estado de estupor inconsciente. Él no los incita a adorar de una manera caótica e incontrolable y, ciertamente, no realiza su obra del reino mediante profetas impostores, falsos sanadores y tele evangelistas fraudulentos. Al inventar un Espíritu Santo producto de imaginaciones idolátricas.

Es una triste ironía que aquellos que pretenden estar más enfocados en el Espíritu Santo son en realidad los que cometen la mayor parte de los abusos, ya que lo entristecen, insultan, tergiversan, falsifican y deshonran. ¿Cómo lo hacen? Al atribuirle al Espíritu lo que no dijo, los hechos que no hizo, los fenómenos que no produjo y las experiencias que no tienen nada que ver con él. Ellos audazmente plasman su nombre en lo que no es su obra.

La Biblia es clara en cuanto a que Dios exige ser adorado por quien realmente es. Nadie puede honrar al Padre a menos que honre al Hijo. Del mismo modo, es imposible honrar al Padre y al Hijo mientras se deshonra al Espíritu Santo.

La ironía increíble es que los que hablan más sobre el Espíritu Santo por lo general niegan su verdadera obra. Ellos le atribuyen todo tipo de estupidez humana a Dios, ignorando el verdadero propósito y el poder de su ministerio: liberar a los pecadores de la muerte, dándoles vida eterna, regenerando sus corazones, transformando su naturaleza, proporcionándoles el poder para alcanzar la victoria espiritual, confirmando su lugar en la familia de Dios, intercediendo por ellos de acuerdo con la voluntad divina, sellándolos de forma segura para la gloria eterna y prometiéndoles la inmortalidad en el futuro.

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