El amor de Dios no depende de tu amor. La cantidad de tu amor no hace que el suyo aumente. Tu falta de amor no hace que disminuya. Tu bondad no eleva su amor, ni tu debilidad lo diluye. Dios nos dice lo mismo que Moisés le dijo a Israel:

No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido,pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó. (Dt 7.7–8)

Dios te ama simplemente porque así lo ha decidido. Te ama cuando no te sientes digno de que te amen. Te ama cuando nadie más lo hace. Puede que otros te abandonen, se divorcien de ti y te ignoren, pero Dios te amará. Siempre. Pase lo que pase. Esto es lo que Él siente: «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada,amada» (Ro 9.25).

Nuestro trabajo es permanecer en nuestro sitio. Cuanto más cerca estemos a Jesús, mejor fluirá su amor en nosotros. Y ¡vaya amor! Paciente. Bondadoso. No envidioso. No es rudo. No es orgulloso.

Los predicadores son culpables de haber saltado el primer paso. Les dicen a Sus iglesias: «¡Amaos los unos a los otros!» «Sean pacientes, amables, perdonen», animan a la gente. Pero instruir a la gente a amar sin antes explicarles que son amados, es como expedir un cheque sin haber depositado dinero en la cuenta. Entonces no es de extrañar que haya tantas relaciones «sobregiradas». Los corazones no tienen suficiente amor.

El secreto de amar es vivir siendo amado. Este es el primer paso que olvidamos en nuestras relaciones. ¿Recuerdas la oración de Pablo? «Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… cimentados en amor» (Ef. 3.17). Al igual que los árboles sacan sus nutrientes de la tierra, nosotros las obtenemos del Padre. Pero ¿Qué pasa si el árbol no tiene contacto con la tierra?