Relacionarse con la gente ofrece infinitas recompensas. Y ya se trate de comenzar en un nuevo empleo, (obtener un ascenso, conseguir una venta, hechizar a un nuevo partenaire, electrificar a la audiencia o superar el examen de los futuros suegros, si le caes bien a la gente, poseerás una llave que te abrirá todas las puertas.

Las personas son tu recurso principal. Ellas te crean, te alimentan, te visten, te proporcionan dinero, te hacen reír y llorar; te consuelan, te curan, invierten tu capital, reparan su coche y te entierran. No podemos vivir sin la gente. Tampoco podemos morir sin ella. Nuestros antepasados ya se relacionaban hace miles de años cuando se congregaban en torno a la hoguera para comer gruesos filetes de mamut, o cuando cosían juntos las prendas de pellejo de animal de la última moda.

Es lo mismo que hacemos cuando organizamos reuniones para discutir cualquier tema, o torneos de golf, conferencias y ventas de mercadillo; la comunicación subyace a nuestros ritos culturales, de los más serios a los más frívolos, desde bodas y funerales hasta convenciones sobre la muñeca Barbie y concursos de comedores de espaguetis.

Hasta el más antisocial de los artistas y poetas que se pasa largos y laboriosos meses pintando en un estudio o componiendo en un cubículo junto a su dormitorio suele tener la esperanza de poder llegar a conectar con el público a través de sus creaciones.

Miles de personas influyen en todos los aspectos de nuestra vida, ya sea el hombre del tiempo de una tele local, el técnico de una compañía de teléfonos estatal o la mujer de Tobago que elige los mangos para confeccionar una macedonia de frutas. Cada día, consciente o inconscientemente, efectuamos una miríada de conexiones con gente de todo el planeta.