Al poder que gobierna el destino de todos los seres se le llama el Águila, no porque sea un águila o porque tenga algo que ver con las águilas, sino porque los videntes se les aparece como una inconmensurable y negrísima águila, de altura infinita, empinada como se empinan las águilas.

El Águila ha concedido un regalo a cada uno de todos los seres. A su propio modo y por su propio derecho, cualquiera de ellos, si así lo desea, tiene el poder de conservar la llama de la conciencia, el poder de desobedecer el emplazamiento para morir y ser consumido.

A cada cosa viviente se le ha concedido el poder, si así lo desea, de buscar una apertura hacia la libertad y de pasar por ella.

Esta no es, estrictamente, una obra de antropología; sin embargo, tiene sus raíces en la antropología cultural, puesto que se inició hace años como una investigación de campo en esa disciplina.