Como tema de reflexión, el Arte supone un mundo apasionante, con
infinidad de matices, sugerente y a la vez profundo, pero, por su propia naturaleza, difícil para ser abordado desde un punto de vista racional y lógico.

¿Qué decirle a quien contempla extasiado una obra de Canova o se eleva con las notas de una flauta en el desierto, o quien pasea al atardecer ante las columnas de Karnak o se sumerge entre los versos de Rubén Darío…? No, evidentemente el lenguaje del arte nos habla en «otro idioma» y nuestro intento de estructurarlo en un análisis únicamente racional nos dará tan solo fragmentos de un cadáver

El arte es un elemento profundamente unido a nuestra naturaleza humana; a través del arte damos y a través del arte recibimos y aunque se precisa despertar un cierto sentido interno para poder ver y escuchar a través del arte.

Este pequeño libro nace entonces no como un estudio académico sobre el Arte y la Belleza, sino como el esfuerzo de reunir una serie de ideas que apunten a despertar o a reforzar esa sensibilidad interna necesaria para
vivir el arte y crecer internamente a través de él.

Infinidad de corrientes han ido entretejiendo el tapiz del último siglo. Muchos grandes artistas han pasado anónimamente, otros lograron abrirse paso a través de la espesa sociedad de consumo, pero por desgracia se instaló “oficialmente” un relativismo a ultranza que hacía que se perdiera el sentido y la finalidad del arte, y se desvinculara éste de la belleza.

Esta pérdida de finalidad sobrepasó la saludable relatividad para instalarse en la «relatividad absoluta» donde todo vale en nombre de la originalidad. ¿Y si se uniesen originalidad y belleza?, ¿y si el esfuerzo se abriese paso sobre la comodidad que por desgracia se disfraza tanto de creativa?

De algún modo este arte, como expresión sublime, que sienten hoy día tantos artistas ignorados debe reencontrar su identidad. Si bien es cierto que el arte precisa de una plasticidad dinámica de lo que está vivo, que hay muchos elementos relativos y subjetivos.

También es cierto que el arte debe vencer el discurso ambiguo que suena a demagogia, a esa necesidad de agradar a todo el mundo no diciendo nada, sólo cosas imprecisas que tratan de contentar a todos y a nada comprometen.

Miguel Ángel Padilla Moreno.