Aunque la ciencia avance y las teorías traten de restarle importancia a Dios cómo creador, muchos finalmente terminan reconociendo su grandeza.

Todo estudio que tenga que ver con el cerebro es interesante. Los neurólogos y neurocirujanos suelen comentar que «el tiempo es cerebro» para hacer referencia a lo fundamental que resulta la atención a un paciente afectado por una lesión cerebral.

Nuestro cerebro ha sido moldeado a través de miles y miles de años por el implacable cincel de la evolución.

Desde aquella primera charca donde habitaban las bacterias hasta nuestra estructura actual han transcurrido millones de años que han dado lugar al diseño que ahora exhibimos con orgullo.

Presumimos de poseer la maquinaria más maravillosa y perfecta que la historia del mundo ha conocido. Nos gusta presumir de ella y le permitimos que se exhiba en cuanto nos dan la menor oportunidad.

Cuando los primeros exploradores miraban dentro del cráneo humano no tenían ni idea de la verdadera función de las regiones y de los órganos que estaban viendo: los detalles funcionales concretos llegarían mucho más tarde.

Por consiguiente, simplemente dieron nombres a las partes del cerebro basándose en su forma, de manera muy parecida a como nombramos las cosas que vemos en las nubes.